Mi abuelo en cristal líquido

by darribas

El lunes, mi abuelo Antonio se vistió “de domingo” y se preparó para ir a dar un paseo en el día de la ciudad en la que pasó buena parte de su vida. Al levantarse de la silla después del desayuno, notó un poco de mareo y decidió tumbarse a ver si se le pasaba. Nunca más se levantaría. Mientras tanto, yo dormía a diez mil kilómetros de casa y sólo me enteraría ocho horas después cuando, al despertarme, encontré en mi bandeja de entrada un correo de mi madre con el título “Últimas noticias desde Zaragoza”. El mensaje no tenía más de seis líneas y, aún así, me costó leerlo en torno a una hora. Sesenta minutos para intentar asimilar esas palabras que flotaban en la pantalla de cristal líquido de mi ordenador, cuyo significado entendía pero que, desde la otra punta del mundo, parecían todavía más irreales.

Sufrir la pérdida de un ser querido desde la distancia es un poco como las letras de la pantalla. No puedes tocarlo pero sabes que tiene significado real. Tu corazón entra en lucha constante con el resto del mundo para no olvidar que, a pesar de que todo tu entorno es completamente ajeno a ello, en tu Casa alguien falta. Y luego está ese inevitable sentimiento de culpa por no poder estar físicamente allí cuando realmente piensas que es el único lugar en la tierra en el que, en ese preciso momento, tiene sentido estar pues todas tus obligaciones, alegrías y problemas se han vuelto tan pequeñas que apenas si existen. Te sientes Lejos.

Dicen que las personas morimos dos veces, una cuando nos vamos de este mundo y otra cuando todo aquello que nos recuerda desaparece finalmente. Cómo otros nos mantienen en su mente nos da una segunda vida en tanto en cuanto seguimos siendo parte de ellos. En mi memoria, mi abuelo Antonio estará siempre contento de vivir. Está subiendo a casa a comer un sábado después tomar una tapa con sus amigos, o preparándome tostadas de salmón ahumado que sabe que me encantan. Estará dando un paseo con mi abuela por el Torresol y la ciudad universitaria, al lado de su casa, o eligiendo durante horas el mejor melón de la tienda, el más dulce y sabroso de todos. Seguro que habrá visto el Arguiñano y habrá cogido un par de ideas para la cocina y reposará en el sillón después de comer viendo el tenis. De una forma u otra, estará siempre disfrutando de las pequeñas cosas que hacen la vida grande y asegurándose que aquellos a los que quiere las disfrutan también.

Desde luego nada lo devolverá a este mundo, pero al menos en esta segunda vida no hay ninguna distancia que se interponga, pues viene conmigo muy cerca de mí en cada viaje que hago y se parece mucho más a las fotografías que artesanalmente reveló (dibujó) en papel de verdad durante buena parte de su vida que a las letras de cristal líquido que me contaron que ya no está.

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