2010 Leído

by darribas

Un año da para muchos cambios; o para muy pocos. A mi éste que se nos va me ha dado para leer algunos libros, aunque no muchos. Pero, pensándolo ahora, mientras tecleo en el bus de vuelta a Zaragoza, mi lista de lecturas ha sido bastante representativa de estados de ánimo, emociones, aspiraciones y frustraciones que me han acompañado alrededor del mundo durante estos doce meses.

Un día como hoy mismo hace un año, acababa de llegar de Amsterdam, dulce reencuentro con Europa después de la aventura americana. Acababa de llegar por suerte porque, por suerte eso es algo que no cambia, al igual que este año, esa extraña ola de frío y nieve que ahora es noticia en todos los medios pero que antes se llamaba simplemente invierno, también nos hizo pensar a muchos que nuestro avión no saldría a tiempo para, como el turrón, volver a casa por Navidad. Del retraso y horas muertas de aeropuerto no me sacó nadie, pero Lisbeth Salander y su segunda entrega se acordaron de mi cuando ninguna compañía aérea lo hacía.

En un principio, esa vuelta iba a ser la última en una temporada más o menos larga: 2010 sería un año principalmente casero, terminando sin prisas y sin ajetreos mi tesis, disfrutando de casa y re-haciéndome (aunque eso nunca cuesta) a la vida social y cultural de la ciudad en la que he pasado la mayor parte de mi vida. Nada más lejos de la realidad. El año “casero” me dio para empezar a leer “La lluvia amarilla” de J. Llamazares, pero no para terminarlo. Y unas semanas después de que todos pensáramos que el mundo se rompía en pedazos y que lo de Haití y Chile era el principio del fin, aterrizaba en Santiago, en un aeropuerto que sí parecía salido de una historia apocalíptica. Unos días después, con los deberes hechos y con un montón de buenos recuerdos, otro vuelo; a Estados Unidos esta vez, y por tres meses. En mi bolsa de viaje  llevaba “Mi país inventado” de I. Allende, compendio de recuerdos, nostalgias, victorias personales y descripciones bonitas sobre Chile que se entendían a la perfección con el vacío inllenable dejado a varios miles de kilómetros por mi abuelo. El tiempo en el desierto me trajó un montón de trabajo y gente ilusionante, de la que hace valer la pena cruzar el mundo… y también me dejó “To be or not to bop“, una porción en libro de la Nueva York de los años 40, donde el jazz era casi el rap de hoy en día, que ocupó el espacio “urbano” que necesito para ser feliz y que no pude encontrar en Phoenix.

El verano fue completamente feliz, prueba de ello es que no necesité refugiarme en las páginas de ningún libro apenas, pues mis amigos, familia y actividades al aire libre llenaron mis días. En Agosto hice las maletas de nuevo, y mi primera escala fue mi tan querida Estocolmo. Escenario de algunos de los momentos más felices de mi vida, estaba (casi) igual que como la dejé hace cinco años; no pude evitar comprar el tercer tomo de Lisbeth. Aunque apenas si pude leer unas páginas en el aeropuerto de Helsinki, porque enseguida cambié a “Gecko Tails“, libro pirata que compré por un par de euros en las calles de Bangkok. Sí, me esperaban unos días en Camboya junto a un muy buen amigo y supuse que sería mejor cambiar las aventuras de una hacker sueca por las de una expatriada americana en la Camboya de los 90, un país luchando no por olvidar , que no se puede ni se debe, sino por tapar y salir adelante del horror y el odio de tantos años. En el equipaje de vuelta se coló también, dedicado con mucho cariño, “Patas arriba” de E. Galeano, aunque esa tendrá que ser ya lectura para 2011.

Con septiembre vino la “vuelta al cole”. En una semana en Barcelona se coló “Pyongyang“, y bastó para que me picara la curiosidad eso de leer texto con dibujos. Un par de semanas en Amsterdam me sirvieron casi para terminar con Lisbeth y sus fantasmas familiares de una vez por todas, y me trajeron una larga lista de buenos momentos, ya en la casita en que me pusieron al lado de la universidad o en uno de esos cafés cucos del centro que la hacen una de las ciudades más bonitas que conozco. Septiembre también se llevó a Labordeta y, con él, una porción de ese mundo feliz de los años de instituto que ya no existe sino en mi memoria.

Octubre trajo el otoño, mis primeras clases como profesor y alguna sonrisa más que no me esperaba y que, quizás por ello, sentaron especialmente bien. Casi sin darme cuenta ya era noviembre, y la ilusión de niño que orgullosamente aún conservo por mi cumpleaños. También fue el mes en que terminé “La lluvia amarilla”, libro corto que se lee despacio, tristemente precioso y que volvió a mí como si alguien me hubiera adivinado el pensamiento, cuando precisamente trataba de poner una “lámina de hielo” de por medio en una (otra) huída hacia delante por salvar mi autoestima. Terminé noviembre empezando un libro que me compré en Montpellier el último fin de semana: Local, un comic sobre  Megan, una chica que, mientras persigue sus sueños por varios estados de Estados Unidos, huye de sus frustraciones y derrotas. Y así hasta Diciembre, mes que viví nervioso como nunca hasta el 13, día en que pasé a engrosar la lista de los que tenemos la suerte de hacer lo que nos gusta y que nos llamen doctor por ello. Mientras tanto, trataba de calmar los nervios y buscar inspiración entre la historia de la filosofía leyendo “El mundo de Sofía”, asignatura pendiente desde los años de instituto que una buena amiga me ha hecho retomar a través del placer de la lectura paralela.

Pues bien, éste ha sido mi 2010. En el año en que WikiLeaks nos recordó que lo mejor que puedes hacer para que no te descubran los trapos sucios es no tenerlos o sacarlos tú mismo, éste es mi mejor intento. Como dice el poeta, “el que cuenta sus odios, ya está pidiendo perdón”. Aquí las lecturas y libros que me han acompañado en la bolsa de viaje y, con ellas, también algunos de los miedos, anhelos, sueños cumplidos y frustaciones de este año que mereció la pena ser vivido. Paz y amor para 2011.

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