Toma 5: una semana + nadie conoce a nadie

by darribas

Hace ya una semana que aterricé en Corea. Parece muy poco si se mide en tiempo, pero el metro de estas cosas no tiene días ni semanas sino más bien vivencias y emociones. Aunque de una forma muy leve, mi obsesión por obetener regularidades en el comportamiento me lleva establecer el siguiente “orden”: si no hay actividad especial (lo que ocurre con una probabilidad del 50%), me levanto a las 9:00 o 9:30, me ducho y voy a las 10:00 a clase de coreano hasta las 12:00; entonces vamos a alguno de los restaurantes de los alrededores de la universidad en los que, por alrededor de dos euros al cambio, te dan de comer excelente comida coreana; a las 13:30 entro en clase de tradición y cultura coreana hasta las 15:30; después, tiempo libre que solemos llenar con incursiones en el gigante urbano que es Seúl en forma de visitas a centros comerciales o paseos por las calles más céntricas, de la mano siempre de los compis locales; Cena sobre las siete y, por la noche (a partir de las 20:00 aquí), solemos ir a tomar algo por los alrededores del campus o simplemente nos quedamos en los dormitorios conversando.

En los últimos años he tenido la oportunidad de verme envuelto en varias experiencias internacionales de mayor o menor duración en las que llegas sólo y todo el mundo es nuevo. Y lo cierto es que todas tienen algo de lo mismo. Supongo que es el instinto de supervivencia que todos llevamos dentro el que hace que se cree una especie de vínculo no escrito que te une a esas personas de una manera especial, diferente a lo que puede ser la vida corriente que se lleva en tu lugar habitual de residencia. Al fin y al cabo, aunque no los has elegido por compañeros, lo son, y es en buena parte gracias a ellos que los días fuera de casa se convertiran en inolvidables o en una experiencia más para olvidar. Puesto que el tiempo es limitado, se establece una relación en la que se asumen muchas cosas que, normalmente, llevan un tiempo (que ahora no existe) de construir entre personas y, así, rápidamente te encuentras compartiendo conversaciones realmente interesantes, aderezadas por las diferencias culturales que los kilómetros entre uno y otro imponen y completadas con el ambiente distinto que ofrece la propia situación que ha creado la conversación.

Acabo de entrar en la habitación después de una de esas conversaciones, y creo que no hay una sensación que se le pueda parecer. No es que sea lo mejor que me ha pasado en mi vida, pero sentir que con cada intervención de alguien te haces un poco más persona es algo que sólo entiendes cuando vives. Después de todo, una ciudad la puedes ver en fotos o vídeos, sobre un país y sus datos puedes leer, y lo que queda de la relación con la personas una vez se termina la experiencia se pierde en el océano que nos separa una vez en casa. Pero es la intensidad del “aquí y ahora” la que hace que, hasta la fecha, no se haya podido inventar nada que sustituya a cuatro tipos tirados en una habitación intercambiando opiniones y puntos de vista. Sólo eso, compensa todo los males que haya podidoo pueda suponer.

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